
18 de marzo de 2008


Son las 10:37 de la noche y escucho a Silvio con su clásico "La maza". Estoy en casa de mi amiga Vicky. Su sueño es "sanar con belleza". Estudió dos años de medicina y luego, comenzó diseño de modas. Ahora trabaja como secretaria y pronto, la contratan como vestuarista de una compañía de teatro infantil. 

Llevo dos días aquí y siento cómo todas las piezas de mi rompecabezas interno se ubican. Tiene que ver conmigo, con ella, con el lugar y con lo que acabo de vivir las pasadas dos semanas. Dicen que después de la tormenta viene la calma. Pues que bueno que llegó, porque lo que viví aquí fue intenso, doloroso y sumamente importante. Hace unos días tuve mil conversaciones internas, de dudas y miedos.
Resumir lo que viví no me nace. Creo que lo importante aquí es que decidí quedarme en Buenos Aires. Ahora creo. Lo llamarán locura o lo que sea... Algunos me preguntan por qué. Y la pregunta es existencial. La contestación me la saboreo. En su momento, se sabrá.
Buenos Aires, Argentina
15 de marzo de 2008
Hoy estoy así, a punto de pasar mi línea segura, mi lugar de arranque. Hoy me freno las ganas de subir a la cúspide de una montaña y me pongo a mirar el ombligo, el cordón a tierra, que me mantiene a salvo.
Lo que son las distancias. La manera de accesar los sentires adentro y llenarte de agua salada. El mar, que vuelve con las olas del olvido y la soledad, del miedo y la duda. El pie que no se mueve. El aire que apenas llega y yo sigo aquí, de observadora, con un almacén de empuje que no me llega. Espero. Suelto el momento. Estoy lista para ver la nube pasar y emprender el caminito aquel que se me antojó caminar.
2 marzo 2008
Una ciudad sin graffiti no es una ciudad, es un cementerio. Los graffitis son la voz del oprimido, de los de abajo, de los que no tienen acceso al poder. El graffiti se ha convertido en el pulso más próximo de los ignorados, las voces disidentes, los gritos de guerra. Sur América, desde luego, no es la excepción. De las ciudades que he visitado en los pasados dos meses: Såo Paolo, Río de Janeiro y Buenos Aires, el despliegue de arte urbano, graffiti y marcas callejeras es monumental.
Incluso, he visto libros y he escuchado entrevistas radiales de grupos feministas en La Paz, Bolivia, que utilizan el graffiti como principal medio de expresión y resistencia. El movimiento "Ninguna mujer nació para puta", lo marca todo el tiempo en sus consignas.
Buenos Aires está repleta de frases y reclamos. En las calles, los pisos, las paredes, las puertas, en los kioscos. Hay cientos, miles de frases, dibujos, pasquines, con todo tipo de consignas, peticiones y protestas. Dibujos muy bien logrados o stencils borrosos que no logras entender. De todos, esta frase resume para mí, la fuerza de la expresión pública, las trincheras del pueblo y la democracia: "Las calles son nuestras".
El bloqueo a la hora de escribir es uno de los traumas más mencionados en talleres de escritura, cuando alguien dice que no sabe o no puede expresar por escrito, todo lo que le nace por dentro.
Das vueltas, te pones a hablar por teléfono, organizas cajas llenas de papeles que llevas tiempo procastinando, pero no hay dios que te ponga a escribir. Sigues dando vueltas o mojoneas a full, por tal de no escribir lo que te toca.
Aunque sé muchas técnicas, serias y ridículas, para ponerse a escribir, a veces, yo misma me quedo atrapada en mil musarañas mentales que me paralizan... Todas, hasta que nació mi hermoso lunar.
El puntito negro puede aparecer, en cualquiera de de los contornos superiores de mi boca, a la hora del bloqueo más espectacular, por no decir, el bloqueo más cab^%$*&.
Puede venir acompañado de algún peinado fabuloso, turbante, sombrero coqueto, eyeliner marrón, verde o azul, sombras platinadas y un lápiz labial seductor.
El lunar aparece y el estrés por entregar el trabajo, pasa a segundo plano. Entonces, soy La Lola, La Mariglory o simplemente la chica del lunar. No sé qué me da ese puntito negro sobre la boca, que me pone a escribir, casi con rabia, y me hace terminar los trabajos más rápido de la cuenta. Obviamente, tengo que confesar que fue mi amigo Chascas, colega de las letras y maestro de guiones, quien me dio la maravillosa idea de pintarme el lunarcito cada vez que la escritura se ponía pesada.
La semana pasada lo usé y debo admitir, que a la hora de terminar dos notas, me miré al espejo y no me quedaba nada, sólo una manchita marrón que parecía un bigote a medio estar.
Lo tengo pensado, pero todavía no me animo. Si mucha gente se hace tatuajes en la espalda o en el mollero, para jurarle amor eterno a alguna pareja, tal vez sea válido, pintarme mi lunar como un tatuaje fijo cerca de la boca por tal de entregar todas mis historias a tiempo. Quién sabe, tal vez si me lo pinto, entonces, me acostumbro a él y tendría que hacer otro truquito para engañar al subconsciente. Y no sería tan sexy pintarme un bigote para escribir. Tendría que probar.