martes, 11 de mayo de 2010
la piel sedosa
lunes, 10 de mayo de 2010
de adentro hacia afuera

Inseparabilidad del individuo y el medio ambiente
El principio budista de la inseparabilidad del individuo y el medio ambiente (esho funi) significa que la vida (sho) y su entorno (e) son inseparables (funi). "Funi" significa 'dos pero no dos'. Ello a su vez implica que, aunque percibimos las cosas que nos rodean como separadas de nosotros, existe una dimensión de nuestra vida que es una con el universo. En el nivel más esencial, no hay separación alguna entre nosotros mismos y el entorno.
El budismo enseña que la vida se manifiesta tanto en el sujeto como en el ambiente objetivo. Nichiren afirma: "La vida, a cada instante abarca […] tanto el ser como el ambiente de todos los seres sensibles en toda condición de vida, así como los seres insensibles –desde las plantas, el cielo y la tierra, hasta la más minúscula partícula de polvo–".
"Vida" se refiere al ser subjetivo que experimenta los efectos de acciones pasadas y es capaz de crear nuevas causas para el futuro. El ambiente es el entorno objetivo donde los efectos kármicos se corporifican. Cada ser viviente posee su propio ambiente único. Por ejemplo, una persona cuyo estado de vida es el infierno puede llegar a percibir el ambiente dentro de un tren subterráneo atestado gente como una situación desesperante; a su vez otra, que se encuentra en el estado de bodhisattva, puede llegar a experimentar un sentimiento de empatía y de camaradería con las personas amontonadas en el tren.
Las personas también crean el ámbito físico que refleja su realidad interior. Por ejemplo, alguien que sufre de depresión tiende a descuidar su hogar y su aspecto personal. Contrariamente, una persona generosa y segura de sí genera una atmósfera cálida y atractiva para quienes la rodean.
De acuerdo con el budismo, la totalidad de lo que existe alrededor de nosotros, incluido el trabajo y las relaciones familiares, es un reflejo de nuestra vida interior. Todo es percibido por el sujeto y se modifica según su estado de vida. De modo que, si cambiamos nosotros, nuestras circunstancias inevitablemente cambiarán también.
Una concepción de esa naturaleza produce un sentimiento de liberación, pues señala claramente que no debemos buscar la iluminación fuera de nosotros mismos. Dondequiera que nos encontremos, en cualquier circunstancia, tenemos la capacidad de hacer surgir nuestra budeidad innata y de transformar nuestro ambiente en "tierra de Buda", un ámbito pleno de dicha, donde podemos crear valor para nosotros y para los demás.
En un escrito de Nichiren, encontramos el siguiente pasaje: "[…] si el corazón de las personas es impuro, la tierra en que viven también es impura, pero […] si el corazón de las personas es puro, su tierra también lo será. No existen dos tierras que sean una pura y otra impura en sí mismas. La única diferencia yace en el bien o el mal de nuestro corazón". (Aquí "el mal" se refiere a acciones egoístas y mezquinas que son producto de la codicia, la arrogancia el miedo y la agresión.)
Se puede comprobar claramente lo expuesto al observar el estado del entorno natural en las diferentes sociedades. En algunas áreas rurales, la gente nativa muestra profundo respeto por su ambiente; no toman de él más que lo que necesitan, con lo cual preservan la naturaleza, que a cambio, brinda sustento y protección. Por el contrario, en áreas más desarrolladas, en las que predomina la avidez por lo material, el ambiente con frecuencia ha sido consumido y destruido, con efectos posteriores catastróficos.
La mejor acción que podemos emprender en bien de la sociedad y de la tierra es transformar nuestra propia vida, para sustraerlas del influjo de la ira, la codicia y el temor. Cuando podemos actuar con sabiduría, generosidad e integridad, naturalmente tomamos mejores decisiones y recibimos la protección y el sustento de nuestro entorno natural. Con frecuencia, no podemos anticipar los resultados a largo plazo de nuestras acciones, y resulta un tanto difícil aceptar que las decisiones de un solo individuo pueden afectar realmente el mundo; sin embargo, el budismo enseña que, a través de la inseparabilidad del individuo y el medio ambiente, todo está interconectado.
Cuanto más firme sea nuestra convicción de que nuestras acciones pueden influir profundamente en todo, mayor será la influencia que logremos ejercer en nuestro entorno.
[Basado en el artículo publicado en la edición de abril de 1998 de la revista SGI Quarterly.]
A partir de ahora, la historia empieza
Vacío El concepto de shunyata (en sánscrito), o ku (en japonés), ha sido traducido indistintamente como latencia, insustancialidad, vacío y también como lo insondable. Una de las primeras expresiones detalladas de esta idea proviene del erudito budista Nagarjuna, quien vivió en la India entre los años 150 y 250 d.C. Nagarjuna creía que ese estado que se describe en este concepto como "ni existencia ni no-existencia", expresaba la naturaleza de todas las cosas. Sin embargo, la índole paradójica de esta idea es un tanto extraña a la lógica dualista occidental y ha contribuido a estereotipar al budismo como una filosofía mística, aislada, que ve al mundo como un gran ensueño. No obstante, las implicaciones de ku se ajustan totalmente a la realidad y, de hecho, concuerdan con los descubrimientos de la ciencia contemporánea.
La física moderna en su intento por descubrir la esencia de la materia, ha llegado a una descripción del mundo que es muy cercana a la de Nagarjuna. Lo que los científicos han descubierto es que no hay una "cosa" real, fácilmente identificable como principio fundamental de la materia. Las partículas subatómicas, base del mundo físico que habitamos, parecen oscilar entre los estados de la existencia y la no-existencia. En lugar de una "cosa" inmutable que se halla en un lugar en particular, sólo encontramos olas cambiantes de probabilidades. En este nivel, el mundo es, en realidad, un lugar sumamente fluido e impredecible, esencialmente sin sustancia. Esta naturaleza insustancial de la realidad es la que describe el concepto de ku.
Ku también explica el potencial latente inherente a la vida. Consideremos cómo, cuando somos avasallados por una poderosa emoción como la ira, ésta se expresa por sí misma en todo nuestro ser: nuestra expresión es destellante, la voz se levanta, el cuerpo se tensa y así por el estilo. Cuando la indisposición se calma, la ira desaparece. ¿Qué ha sucedió con ella? Sabemos que la ira se encuentra todavía en algún lugar dentro de nosotros, pero hasta que algo la vuelva a provocar, no podremos encontrar evidencia de su existencia. En términos prácticos, la ira ha dejado de existir. Los recuerdos son otro ejemplo; no estamos conscientes de su existencia hasta que, de repente, emergen a nuestra conciencia. El resto del tiempo, como ocurre con la ira, los recuerdos están en un estado de latencia o ku: existen y a la vez no.
Comprender ku, por lo tanto, nos ayuda a comprender que, veamos como veamos las cosas –las personas, las situaciones, las relaciones, nuestra propia vida– éstas no son fijas, son dinámicas, cambian constantemente y evolucionan; están plenas de un potencial latente que se puede hacer manifiesto en cualquier momento. Incluso la situación más desesperanzada contienen dentro de sí posibilidades sorprendentemente positivas.
Es muy natural que nosotros apliquemos todo tipo de definiciones a las personas, a las situaciones y a nosotros mismos, para hacer que el mundo tenga sentido. Pero a menos que seamos cuidadosos en cuanto a la naturaleza de nuestros pensamientos y opiniones, nos veremos atrapados en una forma de ver las cosas muy estrecha y a menudo negativa: "Él no es una persona agradable", "Yo no puedo relacionarme bien con los demás", "Nunca habrá paz en el Medio Oriente." Tan pronto como decidimos que algo es de determinada manera, nosotros mismos le imponemos una limitación, y le bloqueamos la entrada a la posibilidad de crecimiento y desarrollo.
Pero cuando elegimos ver las cosas en términos de su infinito potencial positivo, nuestros pensamientos y acciones se convierten en una influencia constructiva que ayuda a crear las condiciones para que ese potencial se haga realidad. Debido a la íntima interconexión de todas las cosas, cada uno de nosotros, a cada momento, ejerce un profundo impacto en la realidad de la vida que compartimos. La forma en que vemos las cosas tiene un efecto concluyente sobre la realidad. Darnos cuenta de esto nos permite actuar con la confianza de que nosotros podemos moldear la realidad con repercusiones muy positivas.
La más constructiva de las perspectivas es creer en el ilimitado potencial positivo inherente a toda vida. El budismo denomina "budeidad" a este potencial que es la verdadera naturaleza de la vida. Nichiren le definió como Nam-myoho-renge-kyo, y alentó a sus seguidores a invocarlo con la firme convicción de que, al hacerlo, estarán haciendo brotar el potencial latente de la budeidad, no sólo desde dentro de sí mismos, sino también en las circunstancias de las cuales son parte.
[Cortesía de la revista SGI Quarterly, edición de enero de 2001.]
Dejo que los recuerdos bailen

6:10 p.m.
10 de mayo 2010
Buenos Aires, Argentina- O.K.... Se me metió la nostalgia porteña por los huesos... pa fuera, pa fuera, pa fuera.... A jullir.... No puede ser. Me pregunta el Tin, si estoy nostálgica por la isla. No. No. Nostálgica por los desencuentros acá. Por los ex amores que no dan la cara, por los amigos que ya no son tan amigos, con el frío que deja la distancia, con encontrar la ciudad igual y distinta. Que anoche pensé agarrar mis maletas y regresar a Puerto Rico y me imagino que es buen pronóstico, significa que será un gran viaje. Cuando se me mete una idea de duda así, es que estoy cerca de algo bueno. Lo percibo.
Camino por la ciudad y siento trozos del Buenos Aires que viví. Siento que hay cosas iguales, y cosas completamente nuevas. Eso me gusta. Me pone los ojos alertas. Y me da tristeza también. Pero suelto, suelto, suelto lo que fue. Dejo que los recuerdos bailen y se acomoden en un lugar donde no pesa. Más que nada, construyo hoy. Miro hoy. Respiro desde este lugar, lo que me llena y me mueve los días. Miro hacia adelante y dejo que cicatrice lo que tiene que cicatrizar. Está bien sentir una herida viva. Poco a poco, se seca la cáscara, el golpe, lo que fue. Dejo ir, dejo ir, dejo ir.
El desamor se sana solito. Me sobo la panza del sentimiento, me hago trenzas largas y escucho una música sugestiva, que me hace imaginar la sensualidad del abrazo, del beso, del encuentro con el otro. Veo cómo se mueve lo viejo y da paso a esto que está naciendo ahora. El corazón se acomoda tranquilo y escucha letras familiares en una sala cálida y sin prisa.
Eso que quedó




2:30 p.m. jueves, 6 de mayo de 2010
Algo tiene esta ciudad
5:53 p.m.6 de mayo 2010
Buenos Aires, Argentina-Algo tiene esta ciudad que me inspira a crear. No sé definir muy bien lo que es. Pero tan pronto llego, me urge hacer, pintar, actuar, escribir. Todo me lleva al proceso interno de la magia. Y no es porque sea una ciudad fácil. Mucho menos sencilla. Pero algo tiene, que me da piquiña en el puño y me activa el ojo.
Lo primero que me viene a la mente es que Buenos Aires es una ciudad peatonal, donde la gente se encuentra y habla. Nada más maravilloso que la conversación y el roce de cuerpos para comenzar historias. Aquí, te guste o no, la proximidad del otro y de la otra, te llevan a reflexionar en todo esto del espacio común: a pedir permiso, a escuchar, a tolerar, a estar alerta.
En Puerto Rico, la cultura del carro nos ha hecho mucho daño. En el carro inventamos un universo individual que posiblemente nos ha vuelto más huraños y egoístas. Y no digo que las sociedades más peatonales sean más armoniosas, porque hay que ver el caos que se forma en el subte de Buenos Aires en las horas pico. Pero el hecho de tener que compartir un espacio vital, nos quita un poco esa `burbuja´de invidualidad que nos ensimisma.
Acabo de llegar a Argentina y vuelvo a repasar las emociones que sentí en Buenos Aires hace un año y medio. Apenas comienzo a reconocer avenidas y calles. El lío por la falta de monedas para tomar una guagua. Esas hojas amarillas del otoño y los callejones y negocios, que poco a poco, me recuerdan episodios que ya viví. Eso me deslumbra. Tan pronto vi el cartel de la Avenida La Plata, supe que estaba cerca del barrio donde viví 5 meses. Y aquí llegué caminando sin usar la famosa Guía T. Recordé el día que bajé en bici y sin frenos, por esta misma avenida para visitar un amor, que me esperaba en un apartamentito de por acá. Cómo olvidar la Avenida La Plata. :)
Ahora, me toca caminar esas callecitas más escondidas y sorpresivas de las emociones, de los viejos amigos, de las pasiones cultivadas y ver, dónde quedó todo. Cómo quedó y hacia dónde se mueve todo aquello que te hizo vibrar... Y.. y la distancia, que intenta borrar.. Y.. el tiempo, que ayuda a sepultar. Pero ya veo, que este viaje tendrá muchas capas, que acaba de comenzar en las calles y se irá abriendo, poco a poco, por cualquier otro lugar.
En Buenos Aires, de vuelta y lista para volverme a enamorar.
@Uspallata, Pompeya
miércoles, 5 de mayo de 2010
Otro mundo es posible

Hoy amanecí soñando un nuevo amanecer, de cuatro soles, acaso… en el que el diálogo reine, la solidaridad llueva, la paciencia y la entrega abunde, en un país donde los jóvenes con propósito tomen las calles, la palabra y el pensamiento nuevo, donde l@s niñ@s jueguen y aprendan en paz, donde el trabajo sea un lugar donde soñar y crecer, donde el gobierno crea en el bien común. Hoy amanecí soñando otro mundo posible.
